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Antes de una farmacia ya extinta, en Terrada y Gorriti funcionaba “La Parmegiana”, una fábrica de pastas conocida en el barrio y aclamada por sus vecinos. Mucho tiempo después, en 2025, Bautista y Julia hicieron viajar en el tiempo aquella esquina para hacer crecer su emprendimiento, que nació entre cuatro paredes armando un “mini tallercito” con tan solo dos mesadas, dos pastalindas y “muchas ganas de hacer algo propio”. Estos amigos decidieron hacer de su tiempo libre un sueño que se materializó en “Pastita”, una fábrica de pastas caseras con una idiosincrasia que la distingue del resto.
“¿Por qué no hacemos algo juntos, un poco más exótico de lo que vas a encontrar en una fábrica de pastas normal?”, fue la pregunta que disparó el estilo de las preparaciones. Los siete integrantes de la cocina de Pastita (Bauti, Julia, Sara, Milu, Sofi, Paula y Marcelo) se abocan, a través de diferentes tareas, a romper los estereotipos de pastas tradicionales. “Queremos darle una vueltita de rosca, con ingredientes comunes de toda la vida y ponerle relleno que no verías en todos lados”, es el incentivo de sus creaciones y la idea que lidera sus lingotti, girandolas, tortellini, capelletis, ñoquis “bicolor” de remolacha y zapallo y demás recetas, que pueden ser acompañadas con sus salsas propias y “mantecas compuestas” para darle un sabor “natural”.

Pero, como toda iniciativa, el comienzo no fue fácil. El espacio reducido y la maquinaria limitada caminaban al son de los trabajos diarios de ocho horas que Julia y Bautista poseían y que colocaban a Pastita como un emprendimiento para el cual, “teníamos tiempo libre y juntábamos unos pesos”. Todo cambió en mayo, apenas 6 meses después de comenzar y gracias a la aparición del espacio en Terrada y Gorriti. “Apareció el lugar” manifiestan ambos teniendo en cuenta las dificultades que la inundación provocó y los requisitos que necesitaban para un local gastronómico.
A partir de esta chance, su lema principal funcionó como guía: “no tengas miedo, anímate y probalo”. Su evolución fue rápida y en octubre del 2025, Pastita abrió sus puertas a la comunidad, trayendo consigo una profesionalización de su trabajo. “Pensé, ‘una heladera, una sobadora y una mesada y con eso estamos armados’, y acá estamos, tener varias sobadoras, heladeras para llenar en cantidad, nos dio practicidad en tiempos de elaboración, almacenamiento en mayor volumen y trabajar con eficacia”.
Al adentrarme en su cocina, abierta a la vista del público tanto desde adentro del local como desde afuera, nos comentan el proceso de elaboración de sus pastas. Con harina y “mucho semolín”, sus pastas se caracterizan por la utilización de sémola rimacinata, permitiendo que la mordida tenga una textura homogénea “sin quedar una pelota de masa al cocinarlo”, nos agrega Julia. Bautista explica que utilizan trigo candeal ya que “es más saciante, lo digerís mejor y no te cae pesado”. Al mostrarnos las diferentes formas de pastas, las cajas de las mismas no traen más de 10 unidades y destaca, mientras señala los fagottini rellenos de ricota, provolone y menta: “con tres de estos, quedás lleno”.
Aunque ya había almorzado, Bautista se encargó de prepararme el plato más vendido del local, y pude comprobar el motivo de su éxito: raviolones rellenos de carne braseada. Con un peso de 40 gramos cada raviol, está relleno de roast beef braseado entre 4 y 5 horas en vino tinto, con condimentos y vegetales varios, para luego agregarle provolone y chimichurri de elaboración casera. La caja, compuesta de 10 unidades, está presente en Pastita desde sus inicios: “tuvo mucha aceptación, es la que más se vende. Priorizamos que veas que es carne”, me dice él mientras los hierve en agua por cuatro minutos, o “hasta que se levanten”.
Al acercarme al plato, compruebo que es carne, tal como dijo. Una mezcla de sabores no invasivos entre sí, con textura suave y de mordida fácil. El tamaño me obliga a comerlo en cuatro bocados. La pasta al dente, liviana y compacta, no tapa el sabor del relleno: posee proporciones iguales entre ambos elementos. Su aspecto hizo que olvidará que ya había comido y procedí a comer tres piezas, alimentado por la gula y la delicia de los raviolones. Antes de degustarlos, les pregunté ‘¿a qué saben?, y su respuesta fue contraria a una explicación gourmet, yendo más bien a una realidad cotidiana: “a bifecito, a asado. Tiene sabor a Argentina”, describen entre risas y complicidad.

Me dejé llevar por su forma de encarar la comida, animándome a probar algo desconocido. Su confianza, su predisposición en explicación de lo que estaba comiendo, su insistencia en saber que me había parecido y el ofrecimiento de diferentes opciones para mejorar sus pastas, transmiten una experiencia distinta al ir a comprar pastas. “Ese es el objetivo, llamar un poco la atención”. Su carta concisa y distinta tiene un condimento intangible que también hace a las preparaciones. Lo que Bautista describe como “una pasión”, Julia lo define como “amor” en sintonía con quienes allí trabajan, con quienes han formado un “grupo de amigos” abocados a superarse semana tras semana.
Pastita parece no tener techo y sus expectativas así lo reflejan. Desde la implementación del take away para facilitar a los vecinos que necesitan una salida rápida de almuerzo, y la búsqueda de estandarización de sus preparaciones, Julia apunta a “llegar a lugares gastronómicos, que alguna pasta de un plato principal sea de Pastita”. El proyecto, que creció “a pasos agigantados”, es descrito por Marcelo (padre de Bautista) como “una aventura” marcada por el aspecto emocional.
“Es el cariño de algo propio”, redondea Bautista sobre lo que significa el proyecto. Pastita es la consagración de la singularidad a partir del trabajo colectivo, acompañada de un profundo apego a la idea que los condujo hasta la actualidad. Aquí, persevera el pensamiento de que se puede hacer algo mejor partiendo de una misma base y que da lugar a creer que su slogan, más que una frase destacada, es el sentimiento de cada integrante de esta cocina: mi ❤️ está contento porque hay Pastita.